
Compuestos Orgánicos Volátiles: el riesgo invisible en la calidad del aire interior
Cada día inhalamos unos 15.000 litros de aire, y sin embargo, rara vez nos preguntamos qué contiene ese aire. Nos preocupamos por el polvo, los virus o el CO₂, pero hay un grupo de sustancias invisibles, inodoras y muy comunes que representan una amenaza silenciosa para nuestra salud: los compuestos orgánicos volátiles, o COVs.
¿Qué son los COVs y por qué deberíamos prestarles atención?
Los compuestos orgánicos volátiles (COVs) son una familia de sustancias químicas que contienen carbono y que tienen una característica común: se evaporan con facilidad a temperatura ambiente. Esta volatilidad es lo que los convierte en una amenaza invisible. Cuando usamos productos que los contienen, estas sustancias se liberan lentamente al aire, y las respiramos sin darnos cuenta.
Algunos de los COVs más conocidos son el formaldehído, el benceno, el tolueno y los ftalatos. Están presentes en una enorme variedad de materiales y productos: pinturas, barnices, disolventes, colas, muebles de aglomerado, moquetas, ambientadores, productos de limpieza, cosméticos, plásticos y recubrimientos industriales, entre muchos otros.

Lo preocupante es que muchos de estos productos están en nuestras casas, oficinas, escuelas y hospitales. Es decir, en los espacios donde pasamos la mayor parte del tiempo. Y si bien no todos los COVs tienen el mismo nivel de toxicidad, algunos son irritantes, otros afectan al sistema nervioso y otros son carcinógenos probados o sospechosos.
El problema no es solo su presencia aislada, sino su acumulación. En espacios cerrados, mal ventilados o con alta carga de materiales sintéticos, los niveles de COVs pueden dispararse sin que lo notemos. Y sus efectos no siempre son inmediatos: pueden manifestarse con el tiempo como alergias persistentes, fatiga crónica, problemas respiratorios o incluso trastornos endocrinos.
Según la OMS, la exposición a contaminantes del aire interior representa una de las principales causas de enfermedad ambiental. Y los COVs son parte importante de esa carga tóxica.
Por eso deberíamos prestarles atención: porque están donde menos los esperamos, porque respirarlos a diario tiene un coste invisible para nuestra salud, y porque, lo más importante, podemos evitarlos si diseñamos y elegimos con criterio.
La calidad del aire interior importa (más de lo que creemos)
Respirar es el acto más constante que realizamos: lo hacemos unas 20.000 veces al día. Sin embargo, rara vez pensamos en qué respiramos, especialmente cuando estamos dentro de un edificio. La paradoja es que pasamos cerca del 90% de nuestro tiempo en espacios interiores, y es justamente ahí donde el aire puede estar más contaminado.
La Agencia de Protección Ambiental de EE.UU. (EPA) y la OMS han advertido que la calidad del aire interior puede ser entre dos y cinco veces peor que la del aire exterior. Esto se debe a la acumulación de contaminantes como los COVs, pero también al dióxido de carbono (CO₂), el formaldehído, partículas en suspensión (PM), humedad excesiva o deficiente, y otros gases como el radón o el monóxido de carbono.
El impacto en la salud es profundo: desde irritaciones y alergias hasta fatiga crónica, trastornos del sueño, dificultades cognitivas o problemas respiratorios. En entornos escolares y laborales, incluso puede afectar la concentración, el rendimiento y el bienestar emocional.
Pero además de la salud, está el confort. Un aire cargado, con olores químicos o falta de oxígeno, genera malestar aunque no podamos identificarlo. Y ahí es donde entra el diseño arquitectónico: la calidad del aire no es un aspecto técnico aislado, sino una parte esencial de cómo se habita un espacio.
Desde el diseño pasivo hasta los sistemas mecánicos, desde la elección de materiales hasta la vegetación interior, todo influye en el aire que respiramos. Por eso, incluir indicadores de calidad del aire interior (como niveles de COVs, humedad relativa, CO₂ o ventilación adecuada) no debería ser una opción, sino una exigencia mínima en cualquier proyecto que se diga sostenible o saludable.
Afortunadamente, ya contamos con tecnología accesible para monitorizar estos parámetros: sensores de IAQ, sistemas de ventilación con recuperación de calor, estrategias bioclimáticas y certificaciones como WELL o LEED, que integran estos criterios.
La calidad del aire interior no solo importa. Es una condición esencial para que un espacio sea verdaderamente habitable. Y el diseño tiene un papel fundamental para garantizarlo.
¿Qué aprendí investigando este tema?
Trabajar como consultora en espacios construidos me ha llevado a observar más allá de lo visible. Lo estético, lo funcional, lo eficiente... todo eso importa. Pero fue al investigar sobre los compuestos orgánicos volátiles cuando comprendí que el verdadero confort no empieza en los planos, sino en la salud de quienes habitan los espacios.
Aprendí que no basta con certificar un material como "ecológico" o "moderno" si no sabemos qué emite al aire que respiramos. Muchas veces, detrás de un mueble nuevo o una capa de pintura reluciente, se esconde una carga química que permanece en el ambiente durante meses o incluso años. Hablando con Nuria en la entrevista que le realicé mencionaba 6 años, imagínate, es un no acabar.
También entendí la importancia de reevaluar nuestros estándares de calidad. Tradicionalmente, se ha priorizado el aislamiento térmico, la eficiencia energética o la durabilidad de los materiales. Pero ¿qué hay del aire? ¿De qué sirve tener una vivienda pasiva si ese ahorro energético se logra usando materiales que emiten sustancias tóxicas?
De hecho, uno de los hallazgos más reveladores fue constatar que algunas casas pasivas, al ser tan herméticas, no ventilan adecuadamente. Mantienen una temperatura constante y minimizan las pérdidas energéticas, sí, pero también pueden acumular una alta concentración de COVs si no cuentan con un sistema de renovación de aire eficaz. Es decir, se logra eficiencia a costa de salud. Un equilibrio delicado que debemos gestionar con responsabilidad.
Este tema me enseñó a poner la salud humana en el centro del diseño. A preguntarme, con cada decisión: ¿esto contribuye al bienestar del usuario o lo pone en riesgo?
Y algo muy revelador fue descubrir que el problema no siempre está en el producto individual, sino en la suma de todos ellos. Una pintura con COVs puede parecer inofensiva, pero combinada con un adhesivo, una alfombra sintética, un mueble aglomerado y poca ventilación, se convierte en un cóctel de contaminación invisible.
Esa conciencia ha transformado mi práctica. Hoy ya no selecciono materiales solo por su apariencia o su ficha técnica. Investigo su composición, su origen, su ciclo de vida. Pienso en cómo van a envejecer, qué emitirán al ambiente y cómo afectarán a las personas que convivirán con ellos a diario. Cuesta trabajo y no siempre se puede, pero mínimo los clientes están informados.
Y es ahí donde conecto con la responsabilidad profunda de nuestro oficio: diseñar no solo espacios habitables, sino espacios sanos. Porque no hay sostenibilidad posible sin salud, ni confort real sin aire limpio.
¿Qué podemos hacer como profesionales?
Como arquitectos, diseñadores o técnicos del sector de la construcción, tenemos un enorme poder (y responsabilidad) sobre la salud de quienes habitarán los espacios que proyectamos. Cada decisión, desde la selección de una pintura hasta el sistema de ventilación, puede contribuir a un ambiente saludable… o convertirse en una fuente constante de tóxicos invisibles.
La buena noticia es que tenemos muchas herramientas y estrategias a nuestro alcance. No se trata de hacerlo perfecto desde el primer proyecto, sino de integrar progresivamente una mirada más consciente, informada y saludable.
Desde mi enfoque metodológico Blueprint, este tema conecta directamente con dos pilares clave:
▸ Materiales sostenibles y saludables
Una de las decisiones más determinantes es la elección de materiales. Muchas veces se prioriza el precio, la apariencia o la rapidez de instalación, sin revisar qué contienen ni qué emisiones liberan. Aquí algunas claves:
Buscar productos certificados por su baja o nula emisión de COVs.
Evitar materiales aglomerados con formaldehído, pinturas con disolventes sintéticos, vinilos o plásticos blandos con ftalatos.
Priorizar materiales naturales, sin tratamientos químicos agresivos, como maderas macizas, fibras vegetales o revestimientos minerales.
Revisar fichas técnicas, sellos ecológicos y declaraciones ambientales de producto (EPD) cuando estén disponibles.
Recordemos: un diseño puede ser visualmente impecable, pero si enferma a quien lo habita, no es un buen diseño.
▸ Calidad del aire interior
No basta con usar buenos materiales. También debemos asegurarnos de que el aire circule, se renueve y se purifique adecuadamente. Para eso, es clave:
Diseñar con ventilación cruzada, aprovechar la ventilación natural siempre que sea posible.
Incorporar sistemas de ventilación mecánica controlada (VMC) con recuperación de calor, especialmente en edificios herméticos o de consumo casi nulo, como las casas pasivas. Estos sistemas garantizan la renovación continua del aire interior mediante la entrada de aire limpio del exterior, sin perder eficiencia energética.
Evitar crear barreras al mantenimiento del espacio interior (falsos techos, moquetas, esquinas inaccesibles), ya que pueden convertirse en reservorios de polvo y partículas contaminantes.
Incluir vegetación interior no solo por su valor estético o emocional, sino como estrategia de mejora del aire. Determinadas especies pueden ayudar a filtrar compuestos contaminantes, regular la humedad y favorecer un entorno más saludable. Tal como señala Núria Gil Polo en la entrevista que comparto, el diseño biofílico aporta herramientas concretas para reducir la carga tóxica en interiores y promover una conexión más equilibrada entre las personas y su entorno construido.
Instalar sensores de calidad del aire (IAQ) que permitan monitorear los niveles de COVs, CO₂, humedad o partículas.
Estas recomendaciones no surgen solo de mi experiencia: también están respaldadas por expertos como Elisabet Silvestre , quien las desarrolla en profundidad en su libro Tu casa sana. Aquí comparto un resumen de los aspectos clave que expone sobre la calidad del aire interior
▸ Cultura de cuidado
Más allá de las decisiones técnicas, creo que necesitamos fomentar una cultura profesional orientada al bienestar. Eso significa:
Informar al cliente sobre los riesgos y beneficios de ciertos materiales, incluso si eso implica replantear decisiones.
Colaborar con proveedores que compartan una visión de sostenibilidad y salud.
Educar a los usuarios sobre cómo ventilar, mantener y cuidar sus espacios.
Mantenernos actualizados con normativas, investigaciones y soluciones innovadoras.
Diseñar con conciencia del aire es diseñar con una mirada integral, que considera no solo lo que se ve, sino lo que se respira. Y es ahí donde está el verdadero impacto de nuestra práctica: en crear espacios que no solo funcionen, sino que cuiden.
Una reflexión final
Los compuestos orgánicos volátiles son invisibles, pero sus efectos no lo son. Afectan nuestra salud, nuestro rendimiento y nuestra calidad de vida de forma silenciosa, acumulativa, persistente. No importa cuán avanzada sea la tecnología de un edificio o lo atractiva que sea su estética: si no cuidamos el aire que se respira en su interior, estamos fallando en lo esencial.
Hoy sabemos que un proyecto sostenible no puede limitarse a reducir emisiones o ahorrar energía. También debe proteger el entorno más íntimo de quienes lo habitan: su cuerpo, su salud, su bienestar diario.
Como profesionales del espacio construido, tenemos una oportunidad única de transformar esta realidad. Cada plano, cada especificación, cada conversación con un cliente puede ser una puerta para promover entornos más saludables, humanos y conscientes.
Así que te invito a hacer una pausa. ¿Qué aire estás respirando ahora mismo? ¿Cómo influye el diseño que haces en la vida de las personas?
Quizás sea el momento de mirar el aire con otros ojos. Porque diseñar para la salud no es una tendencia: es una necesidad urgente. Y empieza por lo que no se ve.
Espero te haya gustado.
Adaliz Sayago
